martes, 16 de agosto de 2005

SEx-Ibiza, mon amour

Sex-Ibiza, mon amour


Me había comprado una camisa negra supercomoda, que casi parecía una blusa y un pañuelo que utilizaba como si fuese una corbata y todo en pura seda. Un pañuelo ancho y negro, un foulard. Acababa de visitar la catedral de Ibiza intentando apreciar que había sido construida sobre una iglesia gótica del año 1235 de Nuestro Señor cuando me dijeron los hermosos gitanos que pedían en la puerta en donde vivía Claudia Abbandy, antigua novia mía a la que llevaba sin ver catorce años y cuya re-aparición esperaba que sucediera tarde o temprano. Me llevaron hasta su casa tras entregarles una generosa propina todo solícitos y dispuestos, ya que ellos la conocían bien por sus ingentes obras de caridad y también por ser un poco puta. Yo podía verla en el piso de arriba, del chalet que ellos me señalaron, acostada con un tipo parecido a Argimiro, su antiguo profesor de lengua y matemáticas. Se dedicaba ahora mi consentida Claudia a acostarse con desconocidos y a cuidar niños de la calle. No acabando de llegar ella con un gitano atractivo y rasurado y de piel blanca y pelo oscuro, empezó a saludarme efusivamente. Antes habíamos jurado los tres hombres que la esperábamos que haríamos con ella el amor por turnos, quedando yo, por ser el recién llegado, relegado al ultimo lugar. Lo juramos los tres con el gesto de poner una mano sobre la otra, gesto que no llego a materializarse del todo. Así que ahora ya éramos cuatro: el viejo profesor, el chulo de Sevilla o de Andalucía, el gitano atractivo y un servidor. Decidimos hacer todos el amor con ella y a la vez--como era mi propuesta-- pero solía ser siempre ésta la propuesta de los recién llegados, eso lo supe mas tarde por intuición, así que me sentí un poco defraudado conmigo mismo por no habérselo propuesto antes, hace catorce años, pero el nivel de perversión de Claudia se había incrementado durante todo ese tiempo que llevaba veraneando en la urbanización El Corsario Negro, en Ibiza. A mi Ibiza me gustaba con todo su vicio, sus numerosos gitanos y sus extranjeros buscando todo tipo de diversión, y su monumento a los corsarios ibicencos en forma de obelisco; pero lo de los gitanitos buscando jeringas en el río me llegó al alma.
--Quiere tener una furgo—me dijo Claudia mientras me besaba--, para llevarse todas las jeringas que pueda del río y sacar la heroína...
Realmente dijo “está ahorrando para comprarse una furgo” pero esto no es un trabajo periodístico, estoy contando aproximadamente lo que viví yo. Así que mientras le acariciaba un pecho, ella me contaba como se puede sacara heroína de las jeringas porque el plástico es poroso y como se puede hacer uno rico recogiendo treinta o cuarenta jeringas al día y sacando al menos seis gramos de heroína o diez incluso. No quise saber más, mi camisa negra de seda y mi corbata me hacían encontrarme atractivo. El gitano guapo me dijo “mucho hierro hay aquí me parece” y era porque le habíamos preguntado nuestros signos del zodiaco y él los había acertado y viéndose el hombre en el apremio de tener que compartir una hembra con tanto signo de hierro se sentía cohibido, sobre todo porque creía que nuestras pollas iban a ser mas grandes que la suya, cosa que al final no resulto ser del todo cierta, pero yo ya no podía apartar mi mente del gitanillo y por un lado sentía compasión por él y por otro lado envidia porque estaba haciendo un buen negocio y mientras tanto por los dos lados nos estábamos follando a Claudia. Parecerá una tontería, pero cuando mas disfruté fue cuando le acaricie los genitales y sentí una humedad sensacional, una humedad de mujer increíblemente cachonda—la misma que estás sintiendo ahora, buena zorra—una humedad de mujer enferma de deseo sexual, una humedad de mujer que se excitaba con mis caricias más que con ninguna otra cosa. Entonces comprendí que los hombres sobrevaloramos el tamaño de nuestros miembros viriles y que nunca nos percatamos de que los miembros mas viriles que tenemos son nuestros dedos y la forma de usarlos y pensando en ello recordé mentalmente todas las manos de los amantes de Claudia y todas eran muy parecidas, o muy largas o muy gruesas o muy anchas o muy finas, pero muy parecidas porque todas servían y las usaba para lo mismo: te las ponía sobre su coño como si fuera aquello su regazo y se dejaba hacer. Con esto no estoy diciendo que a las mujeres no les gusten las pollas, cuidado, un respeto siempre a la mujer que luego se nos ofenden las femeninas y las feministas: a las mujeres las encantan las pollas, pero les gustan más si las masturbas antes cuidadosamente utilizando tus veinte miembros viriles. Es decir, diez dedos tuyos y otros diez de tu compañero. Los de los pies nunca son sexys porque suelen tener pelotillas entre los dedos y suciedad en las uñas amarillas gigantescas y duras como pollas de yetys. Yo no sólo estoy tratando de narrar mis experiencias sexuales en Ibiza, también quiero denunciar la práctica cruel de los niños de aquella zona—niños de etnia gitana aunque a lo mejor eran rumanos—que se dedican a buscar jeringas para poder vivir sin tenerle miedo al SIDA. Y eso fue lo que me hizo no disfrutar tanto del sexo con Claudia, eso y lo del tapón puesto en su trasero y la broma que con aquello me gastaba el gitano, con el que nunca recomiendo compartir una mujer. Moraleja: vive en La Moraleja y hazte socio de UNICEF, y cuando veas a los niños rumanogitanos sacar jeringas del río para conseguir droga, tu conciencia estará tranquilo. Que Dios os bendiga a todos.
LECTURA DEL DÍA RECOMENDADA POR JOSÉ NOGUÉS: HENRIK IBSEN, CASA DE MUÑECAS.


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