martes, 23 de agosto de 2005

ALEMÁFRICA

ALEMÁFRICA

La serpiente sólo tenía veneno cuando llegaba la tarde y el viaje a Alemania con mi hermana se convertía en el viaje a África con mi padre. Y todo porque me había vuelto loco, lanzaba gritos desde lo que yo creía que era el espacio pero que no era más que los pies de mi cama y la carne de la cara de las personas volaba por el ímpetu de mis palabras. “Este chico es el geniodios—decía el crítico moribundo—porque es el que nos conecta”, pero la serpiente ya me había mordido en una especie de tortura creada para que sólo pudiera decir la verdad y todo porque contaba que en Alemania había visto almendros que hacia la madrugada se convertían en baobas contra puestas de sol—sí, todos hemos visto Instinto básico—: podías asomarte a las siete de la mañana al aeropuerto y visitar Berlín para por la tarde verte África y volverte a las diez de la noche, antes de que cerrasen los sistemas teletransportadores, Alemania-África gustaba mucho y yo debía encontrar su relación. Aunque tal vez se la daría al mundo el futuro. Quizás volvamos de nuevo a colonizar nuevas tierras ya descolonizadas pero de manera amorosa y pacífica. Sí, ahora está mucho más clara mi bola de cristal: el futuro está en África y serán los alemanes los primeros en volver a vivir en paz y armonía en sus tierras pero yo me encontraba en el futuro del futuro, Alemáfrica existía ya, YA, y mi hermana simbolizaba el pasado—la dulzura de mi madre—y mi padre el futuro—el espartanismo del que rehacer mi vida; y por eso aparecían así en mi presente con sus caras sobre sus caras y sus ideas sobre sus ideas, pero yo podría destruirles porque su amor por mí les hacía débiles a mí. Uno siempre piensa que su madre le quiere más que su padre, pero no siempre es así...¡Por eso Dios padre, no? Pero no le quitemos trabajo al psiquiatra ni a los signos de puntuación. El círculo se había cerrado y yo había visto el resultado y no el proceso, las ceremonias a las que asistí después llenas de paganismo compartido entre diversas razas eran un ejemplo de que la tolerancia espiritual sobreviviría a las guerras de religión “Mi dios puede hacer que tu Cristo parezca un espantapájaros” me dijo uno de los congregados, pero no me ofendí porque yo tenía mi fe y comprendía la suya
“Algún día nos daremos cuenta del horrible castigo que ha supuesto encerrar nuestras almas en organismos humanos.”-- subrayó al fin.
Yo sólo deseba poder ver el inicio de Alemáfrica y así se lo comuniqué a mi maestro interior que me enseñaba a ver el futuro entre las llamas de la hoguera y de esa forma puede ver a mi amigo David siendo guía turístico de Londres para los españoles.
Estupefactos e impresionados los congregados adoraban a una atávica forma que emergía del fuego pero que yo no podía ver. Pero no estaba desconsolado.
--Bienaventurados los limpios de corazón—--me dijo.


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