HORKTAWN
No sé cómo me llamo pero llegué a Horktawn, Nueva Inglaterra, diez días después de recibir aquel golpe en la cabeza que me dejó sin sentido y cuando despierto por la mañana me cuesta trabajo habituarme a no tener que hacer nada porque tampoco recuerdo que hago aquí.
Estoy en un extraño pueblo, sus habitantes tienen los ojos claros y dañados por la luz y hoy en mi sueño se movían como si caminaran por la cubierta de un barco.
Lo más interesante era toda esa luz, en ese pueblo en el que yo alquilé una casa tan baja que la perra se colaba por la ventana, entre ella un pastor alemán que quería hacerse amigo mío, vivo ahora con ese recuerdo porque mi amigo de patas blancas me lo recuerda cada mañana.
Todo aquí es blanco y limpio como en Andalucía, pero como sé que yo esperaba volver a ella, ya que recuerdo que he estado allí y veo numerosos folletos de mi viaje a Granada y Sevilla tirados por el suelo, aunque tal vez yo aún no haya estado allí porque no recuerdo recuerdos concretos sólo el recuerdo de haber estado y eso no debería bastar.
Lo que no entiendo es por qué me impresiona tanto la piel tan pálida de estas gentes y sus ojos desteñidos como los de un pescado recién sacado del mar. No entiendo por qué me interesan tanto esas gentes cuyos ojos de peces me impresionan tan a menudo. Intento recordar algo de mis paseos por el pueblo y me encuentro pilotando un avión a reacción de los años sesenta, es una fantasía: sobrevuelo el mar mediterráneo en mi propio reactor, es de noche y las luces del bimotor dejan sobre las aguas una estela dorada.
Cojo mi abrigo y recorro las calles buscando una respuesta, mi amigo de las patas blancas viene conmigo, no es una raza pura de pastor alemán, está cruzado con huskie y por eso sus ojos son azules. Son de un azul metálico, intenso y duro.
--Doctor Walk—me dice alguien estrechándome la mano--, irá recordando poco a poco los detalles aunque ya sabrá de sobra por qué se encuentra aquí...
--Por supuesto—digo yo recordando súbitamente que soy antropólogo—estoy esperando a mi colega Mr. Verlmet para iniciar una visita a unos asentamientos cercanos...
--Así es...¿Y de mí se acuerda?
--¡Faltaría menos! Es usted el cirujano Rosemberg, el hombre que me atendió cuando caí de la moto.
--Efectivamente, Doctor Walk, y como ya le dije confío en su pronta recuperación...Por cierto...¿Cómo se llama su perro?
--Perro—contesté.
--Exactamente—dijo el anciano médico despidiéndose de mí alzando su bastón de roble--, que tenga un buen día.
Pasa el tiempo.
Poco a poco la luz del día va declinando y el azul del cielo se hace cada vez más oscuro, pero yo sigo obsesionado por la blancura de estas gentes: su palidez casi cadavérica, sus ojos intensamente claros y sus cabellos rubios o pelirrojos. Las mujeres despiertan en mí un deseo sensacional, no comprendo por qué me resultan tan inalcanzables. Algunas de ellas me conocen pero me saludan con respeto, con deferencia.
Cuando llega mi colega se alucina mirando las paredes de mi casa porque en su cuarto no hay espejos, pero no dice nada. Yo sigo obsesionado por la blancura de estas gentes intentando saber quién soy. Todavía no soy consciente de mis años ni de mi posición.