jueves, 15 de diciembre de 2005

MATAHORMIGAS

MATAHORMIGAS





Tenía gracia pero no era graciosa, estilo pero sin clase y sangre fría pero con nervio. Alrededor de ella todo parecía florecer o marchitarse. Podía haber sido mi amante pero era mi amiga. La vida en la tierra no es como uno la desea, dice el proverbio; viajar es ganar un proceso contra el tedio, decía la publicidad del AVE cuando llegué a la estación de Santa Justa. Sevilla tiene un encanto especial, decía la canción. Todos los Hallowen viajaba hacia al sur y procuraba hacer con mi amiga algo especial, este Hallowen me tocaba encontrarme con una casa en la que un niño se había suicidado comiendo matahormigas; su padre le maltrataba, decían, en sus abusos le hizo sentirse como un miserable insecto. Sonaba todo como muy kafkiano cuando me acerqué a mirar el chalet de frente. Hacía buen tiempo esa noche, mi amiga, como siempre, se esforzaba por superar un nuevo brote de esquizofrenia, de alguna forma estaba convaleciente, y la locura parecía imperar por todas partes como un material viscoso. Sin embargo el chalet abandonado me parecía normal, uno de tantos, y yo me sentí como si me hubieran dado una falsa noticia, de todas formas algo me iluminó y me llevó a comprender que la maldad puede ser un hecho cotidiano que no deja huella con su presencia y que las fábulas de casas encantadas no pasaban de ser historias de terror, convirtiendo la realidad en algo mucho más pavoroso, una maldad sin constancia, sin presencia, una maldad insentida y común, de la que todos pasamos a ser partícipes con la misma naturalidad con la que bebemos un vaso de agua. La videncia se ha convertido en un hecho poco excepcional. Yo estaba aquejado en aquel tiempo de hiperestesia, una rara enfermedad de los sentidos que se agudizaba con el alcohol y que aquella noche me acuciaba y sin embargo no hasta el punto de encontrarme a disgusto con aquella pandilla de amigos de amigos que mi amiga conocía y que habían decidido reunirse en Hallowen a las puertas de un chalet que debiera de estar maldito y que parecía uno más del lujoso conjunto. Conforme transcurría el tiempo en su compañía me fui sintiendo más a gusto con la casa y más a disgusto con ellos. Tenía el chalet una pequeña verja abierta y nos sentamos todos juntos en el jardín, perfectamente cuidado, sintiendo que no había nada de lo que preocuparse a excepción de nosotros mismos. La luna llena nos iluminaba y nosotros hablábamos de nuestro trabajo y aficiones con naturalidad, nadie comentaba por qué estábamos en esa casa y qué habíamos ido a hacer allí. Pensé en aquel niño cuya desgracia ya no tenía eco y en cuyo día su inocencia sería reconvertida en basura nostálgica. Supe que tenía un organismo, unos ojos para ver y una palabra para reír y hablar y que en mí había una pequeñez de la que quería desprenderme, que yo era como aquel niño ahogado en matahormigas, yo me parecía a un bucle en el tiempo, escuchaba a mis compañeros sin escucharlos, los miraba sin verlos, no tenía sino lo que me permitía escuchar el silencio. Pero me sentía bien con aquel botellón organizado, fumando de los canutos de hachís y echando hielo al whisky, así que rompí a hablar:
--Los primeros huesos son de centeno, luego creces y todo parece la masa pétrea o la masa precipitada, los fratricidios dejan otra marca, un sólo dedo puede parecer un monstruo, ese es el mundo de la infancia.
Como nadie dijo nada me eché uno de esos cigarrillos que nos están matando desde pequeños, es el crimen organizado de la Industria Tabacalera, consabido, compartido y consultado por el grupo.
Empezamos a fumar Marihuana y todo resultó más ambicioso, más intelectual, esa era la esencia del momento aunque la gente borracha de repente hablara a gritos. Alguien me habló iluminado:
--Tú tienes la tranquilidad desde el interior, pero te falta estar sobrado por la cabeza, al final todo lo que pedimos son pastillas.
La gente mantenía en sus recuerdos falsos la imagen del chaval envenenándose con el producto y la trasladaba a una vejez ficticia en la que la ciencia resolviera la muerte con medicamentos. La idea de la muerte se asociaba a la de decrepitud y el pasado del infante se engarzaba con nuestro futuro, pues al haber entrado en conexión con lo terrible todo el mundo tenía conciencia de esa pequeña película de terror en que para todos se convierte la vida más tarde o más temprano, cuando nos enfrentemos al peso exagerado de morir o a su marca indeleble.
“Pero lo más duro es despertarse cuando no quieres amanecer”, alguien empezó a comentar viejos suicidios y yo dije que no debería existir la madrugada “Ningún amanecer” fueron mis palabras y hubo una chica cuya fantasía confesada era moverse por una noche eterna y no morirse, transformarse lentamente en su sombra. De esa forma sería siempre joven, siempre la misma pero un poco más opaca. Yo contesté que el tiempo me había vuelto más oscuro y alguien rascó mi piel como para querer hacer un chiste y retiró la mano de repente y después me dijo que estaba helado, yo sentía calor sin embargo. Un chico que era como mi hermano pero en moreno alzó la voz para decir que esos eran los planes de Dios, debía de tratarse del orador del grupo porque la gente se arrellanó un poco mejor en el suelo como cogiendo sitio a la paciencia, al parecer los planes del Hacedor eran darnos la muerte pero no la corrupción, darnos la muerte como un vestido de colores, como un regalo perfecto. Alguien volvió la vista a ese hombre como si les hubiese apuntado con un revolver enmohecido, yo lamenté que el cielo de Sevilla fuese luminoso y limpio, incluso de noche y que la luna tuviese una redondez rotunda de moneda espacial. Parecíamos reos paniaguados más que felices postadolescentes semiadictos.
--¿Por qué lo habría hecho?--preguntó alguien a mi amiga.
--El tiempo es lo que tenemos más cerca de nosotros--dijo por respuesta.
En ese momento toda su belleza andaluza reventó, era como si hubiera estado esperando dar esa respuesta desde siempre, desde toda la vida. Saqué mi libreta y apunté la primera frase para un cuento: “Tenía gracia pero no era graciosa, estilo pero sin clase y sangre fría pero con nervio. Alrededor de ella todo parecía florecer o marchitarse.” Yo también había estado esperando toda mi vida para escribir esa frase. De repente sentí por ella una secuencia de amor puro que no podía consumirse.
--El padre de ese chico se estará volviendo loco en la cárcel--comentó Eugenia pasando el porro, una dependienta del Corte Inglés cuya especialidad era ser figurinista. A fuerza de ocuparse ocho horas diarias en vestir maniquíes amaba especialmente la carne viva lo que la convertía en una compañera adorable.
--No quiero volver a ese lugar ¿Comprendes? ¡A cualquier parte menos a ese lugar!
Su novio perdió los papeles al escuchar la palabra “cárcel”, había pasado por ella y esa palabra tabú era usada por su compañera adorable cuando dejaba de serlo y parecía un maniquí, era un castigo por unos celos que ella sólo imaginaba.
--Yo te diré mi vida--dijo su novio levantándose y haciendo que le miraba a sus pantalones grises--¡Mi vida ha sido ver piojos al sol, cuatrocientos días de cárcel en una sauna. Por la noche los grillos chillaban como perros y eran tan grandes como gaviotas! ¡Tenía miedo, pero miedo de despertar un día y no poder saber quién era!
Se volvió a sentar, esta vez en frente de mí y me miró como mirando a su novia porque lo que decía lo hablaba para ella. Mucho más tranquilo ahora.
--No quiero volver a ese lugar ¿Comprendes? A cualquier parte menos a ese lugar...¡Joder, qué frío hace!
--De repente.
Era verdad, la temperatura había bajado mucho inesperadamente. Siguió hablando:
--¿Por qué no nos vamos a alguna parte dónde podamos olvidarnos de todo?
No tenía miedo, tenía frío, como nosotros, como todos. Pero ninguno quería moverse, hubiese sido como renunciar a la experiencia de Hallowen. Sus palabras me conmovieron.
--¿Cómo consigues estar siempre tan tranquilo?-- Me preguntó ante mi expresión de bonhomia.
--Los días son pero yo desaparezco...contengo los segmentos que me odian...su marca se enfatiza pero no hay influencias ni reclamos...sólamente hago lo que merezco.
La marihuana estaba sabrosa. Una mujer río bellamente:
--¡Gloriosa santidad!
--Te ufanas simplemente--dijo una voz.
Y todos nos callamos porque había mucho de presunción en mí o porque quizás la voz sólo la había imaginado y volví la cabeza con brusquedad.
La droga percutía en el lenguaje.
Empecé a darme cuenta de que con el frío venía cierta humedad, la piel brillaba, los ojos se volvían botones nacarados, el nervio de la risa se aflojaba con el alcohol, la hilaridad fluía entre los dientes como una manada de aire histérica, las emociones eran como un reloj de péndulo que iba y se venía desplazándose con el movimiento de su entraña y las palabras parecían todas dichas, por eso las miradas bajo el músculo sin voz de las cejas ejercían de embajador de la expresión, la diplomacía se adueñaba del rictus del rostro bajo el párpado sin luces del silencio. Logré encontrarme con rostros improbablemente bellos pero no porque la luz de la luna fuera pálida y azulescente con un aura de paz las caras, creía que había una belleza en acto heroico de resistencia y lírico de aventura, una belleza de contornos inagotables sobrepasando el miedo y bebiendo los pensamientos del lenguaje con la pajita de lo esquizo.
Fue entonces cuando comprendí que el grupo me profesaba una reverencialidad esperpéntica, habían hecho un corro en torno a mí y yo era para ellos un Jesucristo atribulado, un diosecillo con vaqueros y gafas de pasta oscura, excéntrico y ameno...y creativo. Yo era para ellos el más viejo y me habían adoptado como a un chamán al que escuchar sus palabras--gurú. Pero desear las sombras no es regresar al útero, amar la oscuridad no significa sentirse protegido, participar del mal nunca consiste en ser más fuerte que él. Empecé a sentirme como un maestro en una escuela y mi mejor alumno yacía muerto, envenenado con matahormigas, aunque empecé a sentir que nada había sucedido en esa casa. Algo estaba sucediendo, una presencia que se hinchaba como un globo, algo atmosférico. Era el viejo poder de la mentira, la que servía para manipular conciencias y convencer a las masas, la que conduce inexorablemente al desastre y a formar parte del olvido en la memoria de quién la padeció, era el viejo poder de una dama tan secreta como la propia muerte.
Comenzó a nevar.
--Voy a por los chalecos al coche--dijo una de las amigas de Eugenia.
--Yo te acompaño--dijo otra.
Volvieron blancas, sin expresión. Dijeron que nada más cruzar la verja sintieron un calor inmisericorde, la nieve había desaparecido y llegaron al coche sudando, sin deseos de coger ninguna prenda de abrigo, así que habían vuelto con las manos vacías y la mente llena de dudas y paranoias, pues sólo parecía nevar en el jardín, el único lugar dónde el frío no cesaba.
--Tenemos una nube negra encima como una maldición--dijo mi prima.
--Pues el cielo está claro...
Fue entonces cuando creí que la historia era cierta y según mi certeza iba en aumento la nieve comenzaba a cuajar sobre la hierba. Quizás fuera ese golpe de impresión sumado a la marihuana y los licores que consiguieron despertar mi hiperestesia lo que me hicieron conferir al conjunto una belleza submarina. Miraba todo lo que me circundaba a través de mis sentidos enfermos, creo que de no haber sido por el frío me hubiera sumido en un sopor que me hubiera vencido. La esquizofrenia no era más que una palabra, matahormigas no era más que una palabra, el suicidio no era más que una palabra, los sentidos no eran más que una palabra, matahormigas no era más que una palabra.
Transcurrió el tiempo, cayó la nieve, los ojos del Cesar reposaban entre nosotros pero sin su sinceridad, sin su talento. Los rostros se volvían como mirando sin mirar. Todo desprovisto de Dios y de sentido, una plataforma apartada en la espesura del aire, de repente el jardín, cuando el camino era entre robles y pesaban las armaduras, cuando pude haber sido señalado por el filo de una daga de plata, de repente recuerdos, un fuerte instinto buscaba la belleza sin sacrificio por el placer de mostrar cosas muertas, de repente memoria de otra vida que no es la mía.
--¡Qué me está pasando!--exclamé.
Y a mi alrededor chicas y chicos congregados con los brazos cruzándose intentando escapar del viento frío, intentaba sacar la libreta: “Que se escriba lo que se recibe como espejismos coloreados dentro de pesadillas, la capacidad telepática aumenta en los sueños, en la mente inconsciente, debo agudizar mis facultades físicas y psíquicas, mi mente se coordina con este sueño, porque lo que está pasando no es más que eso.”
--¿Qué haces ahora?--me preguntó mi amigacon los labios azules--¿Qué te está sucediendo, que nos está pasando a todos , por qué hace tanto frío?
--Los ojos del Cesar...¿No los sientes? ¿No te ves vigilada por un extraño ente superior?
Mi amiga volcó mi copa.
--Deja ya de beber, chico,...y no fumes de eso...Sabes que tienes demasiada imaginación.
--Sí--bramé--¿Entonces por qué estamos todos helados aquí adentro bajo la nieve y por qué al salir a fuera no hay nieve ni hace frío?
--No lo sé...--dijo mientras le casteñeteaban los dientes--Salgamos sin más...
Si en cada uno de nosotros existe una transformación que está esperando, aquel era el momento, estar allí tenía un sentido. El frío era algo más: era la metáfora perfecta de que necesitábamos el cambio.
--Espera un momento--dijo Gonzalo, un chico tímido pero de ideas brillantes que solo hablaba para transtornar la conducta de su grupo--¡Creo que todo esto tiene un sentido, debemos permanecer aquí y padecer la helada repentina...--nadie dijo nada y optó por explicarse--: De la misma manera que tras el invierno llega el verano pienso que si aguantamos lo suficiente sin quejarnos podremos vivir una situación maravillosa...
--¡Tiene razón!--dijo una chica gordita, Nerea, vestida de verde--¡Quedémonos aquí, seguro que este dolor es pasajero, y además...--señaló el grupo de botellas semivacías--, tenemos combustible para calentarnos...
--¡Sí!--gritó alborozada la chiquillería--¡Aguantaremos!
Cargamos de nuevo los vasos de plástico mucho más animados. Todos queríamos vivir un momento único que poder relatar, eso nos haría irrepetibles a los ojos del mundo, quizás podríamos hablar de ello en los períodicos o en la televisión. Comentamos el tema.
--¡Ya me veo rejando en año cero!--dijo un fulano al que decían Toro porque era musculoso y tenía una gran testuz--¡Ya me veo contando cómo entramos en la casa en la que un niño había sido asesinado y de repente una helada nos invadió!
--No estamos en la casa--dijo Eva Julia la novia de Toro, una camarera oxigenada de curvas peligrosas--Sólo estamos en el jardín. Además el niñín se suicidó.
--¡Es que sería muy fuerte entrar en la casa!--protestó mi amiga--¡Sería allanamiento de morada!
Todos dirijimos nuestros ojos hacia el chalet, debió ser en sus tiempos muy bonito, azul y claro, pero ahora una colonia de líquenes se había apoderado de la pared y de su techo rojizo, afuera del abandono de sus dueños estaba deteriorado, pero abandonar una casa no impide seguir viviendo en ella, quizás era ello lo que nos aterrorizara inconscientemente, la posibilidad de que alguién hubiera elegido vivir allí en condiciones penosas de insalubridad o hubiera decidido seguir viviendo. Su simple contemplación nos hacía preferir salir de aquel sitio que intentar algún tipo de heroicidad.

Nos levantamos todos a duras penas y nos dirigimos hacia la verja, estaba cerrada. Nadie tuvo el valor de intentar abrirla porque nadie recordaba haberla cerrado, todos volvimos de nuevo a nuestro sitio sin entender por qué lo hacíamos, no sentíamos más miedo que el que otorga el silencio.
Decidimos volver.
De repente nos dimos cuenta de que formábamos una ridícula procesión, caminábamos casi en fila india, parapentándonos unos con los cuerpos de otros y otros con los cuerpos de unos, no sólo nos quitábamos el frío, también la visión. De esa manera nos sentíamos protegidos, nos habíamos acercado más los unos a los otros, olíamos nuestro aliento y nuestro sudor, estábamos a punto de llegar a tocarnos, habíamos formado una pelota de carne viva que no se podía desenredar. Había que ser santo inmortal para aguantar eso, la sensación de invulnerabilidad era ficticia y como el que descorre el velo de unas gruesas cortinas para dejar pasar la luz, en un momento podías darte cuenta de lo ridículo de tus actos, en un instante luminoso en el que la oscuridad se contravenía. Todo volvía a ser tangido: la borrosidad de las cosas, el movimiento del silencio. Todo recobraba su antigua fuerza.
La permanencia de las palabras con las ideas en nuestro cerebro no conseguía transformarse en acto. El miedo petrificaba las puertas del entendimiento. La realidad tenía una doble lectura y en eso radicaba su simplicidad.
--Hagamos un círculo y cojámonos de las manos--dijo una chica fibrosa y turbia que hasta el momento no había reparado en ella.
--Hagamos caso a Nuria--pidió un muchacho.
Nos situamos en el centro del jardín, teníamos las puntas de los dedos heladas:
--Es como tocar a un muerto--me dijo el que tenía a mi derecha.
--Anda a callar--le dijo el de mi izquierda. Tenía en frente a mi prima.
No sé cómo conseguimos entrar en calor, mirábamos los residuos del botellón que habíamos colocado en el centro y alguien habló de hacer una hoguera, pero nadie tenía fuerzas, nadie quería desasirse.
Pasaron unos momentos interminables en los que nadie hablaba y el frío parecía ir remitiendo.
--¿Os sabéis el cuento del ogro que vivía en un jardín en el que siempre se había instalado el invierno?
--Pero ésto no es tu cuento--me riñó mi amiga--, ésto es la verdad.
--Tal vez--aconsejé--, debamos hacer como en el cuento.
--¿Atravesar el jardín y hablar con el ogro?
--Sí, como los niños buenos del cuento.
--Supongo que en el cuento--aseguró con su voz una chica--el gigante o el ogro o lo que sea se vuelve bueno y de nuevo regresa la primavera...
--Más o menos--respondí diciendo que era exacto con mi voz.
--¿Entonces a qué esperamos?
Nadie comentó nada y seguimos un buen rato en silencio, apretábamos nuestras manos y nuestros dientes y eso nos daba seguridad.
--¿Y si lo echamos a suertes?--sugerí.
--¿Y por qué no vas tú?
La voz se acompañó con otra:
--Eso ¿Por qué no vas tú?
--Tienen razón--aseveró mi amiga--, piensa que tú eres el que conoces el cuento, el que tiene más que ganar.
--¿Por qué?--fingí sorprenderme para escuchar su alocución.
--¿Cuántas veces has soñado conseguir un material tan precioso para escribir?
Su pregunta me dio fuerzas. Ese momento estaba hecho para mí. Me incorporé rápidamente pero no conseguí que soltaran mis manos.
--Estamos formando parte de los sueños de un niño. Esto también es otro cuento--dije con gran serenidad--“No asustarse”--hablé en andaluz--, pero ésto es el cuento del grupo que se cogió de la mano y luego no podían desasirse. Me pregunto qué será la oca mágica.
--¿Qué cuentas?--dijo Nuria entre los chillidos.
Me di cuenta de que la gente estaba muy nerviosa, yo había asumido mi destino de cicerone de la irrealidad pero ellos se debatían por volver a tener su propia autonomía, no había forma. Teníamos pegadas nuestras manos. Alguién rompió a llorar y alguien intentó consolarle llevándose tras de sí a todo el grupo en una estúpida rueda que se comba, parecía un castigo de patio de colegio, algún tipo de siniestra actividad extraescolar dedicada a instaurar respeto en las mentes del alumnado. Todas mis ideas estaban certeramente puestas en ese punto, un ente exterior a nosotros pretendía darnos una lección. Asumido este punto sólo quedaba que los demás fueran llegando a esa conclusión poco a poco, lo sabría en cuanto remitieran los llantos y los chillidos, en cuanto se acallaran las voces y los pensamientos torpes expresados en voz alta a los que nadie da pábulo.
--La oca mágica--dije en cuanto todos se sentaron-- era ese ser sagrado que pretendían conseguir en el cuento, una sola de sus plumas podía convertir en oro todo lo que tocase. Un hombre malo y egoísta quería utilizar la pluma para sus fines perversos y fue por eso castigado, todos lo que le tocasen no se podrían desprender de él.
--Tú eres el hombre malo entonces--me escupió mi amiga--, tu eres el único que puede deshacer este hechizo.
--No es un hechizo--reí--, es una enseñanza. Creo que tengo la solución.
Esperé a que todos volcasen su atención en mí y entonces construí una oración:
--Señor, Creador del Universo, asumo mi destino, perdona mi egoísmo al querer rentabilizar esta historia para mi propio beneficio, pero tú me hiciste escritor y tú debes conocerme. Permite que haye la luz de este enigma y que su conocimiento nos ilumine a todos.
Todos dijeron amen y lograron santiguarse. De nuevo éramos libres.
--¿De dónde salen esos focos?--grité con los ojos doloridos.
--¿Qué focos?--dijo Nerea--¡Sólo es la luz de la luna que se refleja en la nieve!
Me froté la cara y entonces comprendí lo que estaba pasando. Recordé el cuento del niño que salva la vida a un gato y éste le transfiere el poder de ver en la noche. El don me indicaba que me encontraba en el buen camino.
Desde entonces fue tan fácil como para un rey reunirse con su séquito. Detrás de mí la ristra de personas, pero esta vez unidas sin imán. Parecía como si al cielo le faltase el aire, todo expresaba una serenidad cadavérica, pienso que Dios debía sentirse como yo, miraba progresar a seres en la oscuridad con torpes movimientos.
De repente tropecé con algo, entre la nieve había un libro semienterrado, mi placer por la lectura ha hecho que nunca devuelva los libros que me encuentro, más que nada por superchería, pero esta vez debía ser distinto, se trataba de una propiedad privada dentro de una propiedad privada y había leyes punidoras ineludibles. El libro crepitó misteriosamente al asirlo, todos mis acompañantes salieron corriendo, temí que hubieran visto algo que yo no había visto, eso realmente fue lo que pasó, mis ojos se iluminaron con una fosforescencia especial que les llenó de pánico, el pánico es una reacción colectiva que impele a la acción, mientras que el miedo agarrota. Les vi correr y tropezar, luego les oí llamarme pero su voz estaba entrecortada y por un momento sonó a cientos de metros, como el eco de una montaña en la lejanía. Nadie sabe por qué un hombre en los momentos en los que siente peligrar su vida adquiere una mayor dignidad, a veces creo que se debe a que enfrentarse con lo desconocido es el deber insoslayable del ser humano y que al hacerlo se adquiere una fuerza atávica.
Todavía no había llegado a la casa cuando vi una sombra proyectarse en la ventana, era un cuerpo redondeado de mujer que conservaba cierta arrogancia. No me parecía educado irme sin saludar o no delatar su presencia aunque yo fuera entonces el intruso.
Fue entonces cuando la vi.
Llevaba un vestido anticuado y sucio, era morena con un pelo muy fuerte que le caía a los lados hasta casi la cintura con desdén, parecía no haber envejecido en años, como si la desgracia de su hijo la hubiese paralizado en el tiempo. Sentí una extraña piedad por ella porque sabía que era la madre, una piedad que no era ni filosófica ni cristiana sino una piedad sentida como una fiebre, como algo físico, una expresión de la voluntad de mi cuerpo.
La mujer, que había abierto la ventana para mirarme, me contemplaba con familiaridad y sin sobresaltarse, como si hubiera estado esperándome siempre:
--¿Estáis bebiendo? Cuando llegaba Navidad mi hijo y yo poníamos una botella en el suelo, le dejaba beber ¿Sabes? Le decía: si eres capaz de beber de esa pesada botella sin cansarte puedes beber todo lo que quieras ¿Sabes? Todo lo que quieras. Era extraño me recordaba a mi madre, fue niño, sí, pero era clavadito a mi madre...Yo le quería mucho ¿Habéis venido por eso? Aquí no hay fantasmas ¿Sabes? No existen los fantasmas, sólo gente que sufre.
--He venido a darle algo con lo que tropecé--le pasé el libro y ella lo abrazó contra su pecho--: deseo sinceramente que su hijo sea muy feliz en dónde se encuentre.
--Hay esperanza, hay paz...--me contestó abrazando el libro de cuentos de su hijo--,vuelve cuando quieras--se despidió de mí--, no hay fantasmas, sólo gente que sufre.
--Almas en pena son demasiados vivos--le contesté asimilando magistralmente su lección--, rezaré por su hijo.
La mujer me sonrrío y yo me alejé por un jardín sin nieve en el que empezaban a despuntar las rosas, cuando cerré la verja comprobé que en esa casa era imposible que habitase nadie y ya no quise pensar más.


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