jueves, 15 de diciembre de 2005

Cuando Dios habla

ES DIOS QUIÉN HABLA



Amanda Andrés dejó a su novio fotógrafo, aunque el chico la quería, y todos los chicos que conoció después también eran fotógrafos, en especial fue un primo de una amiga el que la hizo comprender cuando la tenía frente a su macro que nunca debió dejarle. David Collado tuvo una novia escritora, el chico del macro, que también escribía, le hizo comprender que la había dejado absurdamente cuando le regaló unos cuentos parecidos a los que él conservaba de ella. Dos mujeres ancianas se quejaban del olor a sudor en una conferencia, después las dos son fotografiadas dormidas en la siguiente. El fotógrafo que no sabía que realizaba un acto de justicia era el mismo que fue abandonado por Amanda, guardaba mil fotografías de ella y de otras mujeres hermosas que nunca consiguió, ahora la foto de las ancianas estaba colocada en una prestigiosa revista. Los cuentos de la novia de Collado hablaban de lo horrible que es la vida, los del amigo de Collado de lo bella que es. Irene Villarroel perdió una foto de carnet con su nombre detrás, el primo de la amiga de Amanda Andrés encontró la foto y como le recordaba a ella la guardó en un diario como una imagen de su mujer ideal, también guardo la foto de las ancianas señoras dormidas porque una de ellas le recordaba a su abuela y porque era la típica foto que siempre quiso hacer pero no tuvo talento para ello. El fotógrafo mediocre que no sabía que era buen escritor tampoco conocía que el fotógrafo de las ancianas era el novio del que siempre le hablaba Amanda Andrés y cuando al fin encontró a la chica que le quería y dejó su ciudad para irse a vivir a la capital con ella se asombró de que en el buzón del vecino estuviese escrito en la tarjeta: Irene Villarroel. Cuando se lo comentó a su madre ésta le dijo que si había encontrado a la mujer de su vida con la que nunca hablaría puesto que ya tenía novia, que supiera que la buhardilla en la que vivía en pareja era la misma que había utilizado como trastero su abuela cuando vivió en la capital huyendo de la guerra y con la que ahora no podría comentarlo puesto que estaba muerta. El muchacho no volvió a hacer una foto en un lugar en el que hubiera podido fácilmente montar un laboratorio de fotografía y por las noches soñaba con el espíritu de su abuela y con el cuerpo de Villarroel, sabiendo que si se lo contaba a su novia nunca se lo creería, sería por eso que me lo contó a mí, un guionista de radio que se ganaba la vida de camarero porque no conseguía fructificar ninguna historia, detrás de la barra que tenía asignada. Supongo que él nunca supo que el mejor cuento era su vida, que la mejor foto que podría hacer era un autorretrato de su expresiva cara tocada por el sufrimiento y el iniciarse nuestra relación en un contexto determinado no impidió que naciera en nosotros una amistad debida a las casualidades que tienen un sentido, pero de todas las casualidades la mayor fue encontrarme con un abogado que parecía un cabrero y que hizo una cita del Eclesiastés, mi libro preferido, diciendo que había sido escrito por Séneca, me recordó a un anuncio de aquel JASP--joven, aunque suficientemente preparado--que daba lecciones de filosofía a un empresario que le iba a contratar corrigiéndole las citas, probablemente salidas de un libro de citas, y poniendo de moda en este país ser un JASP, hasta que se disolvió el concepto y sólo quedó el sentimiento de que había que “además de haber estudiado derecho y empresariales” tocar algún instrumento en algún club selecto y dominar varios idiomas e informática, amén de ser muy culto lector y exigente diletante. De aquellos polvos venían estos lodos cuando tuve enfrente a Miguel, el chico abogado que parecía un cabrero “citando a Séneca”, me pareció entonces que Dios volvía a abrir para mí su círculo mágico y que de nuevo--genial narrador--trataba de explicarme algo... No pude por menos que compartir esta experiencia mística con mis compañeros de farra, que sumados a Miguel eran Rafa el cordobés y su novia María la cordobesa, mujer tan guapa que hubiera merecido un fado de Madre Deus en un aparte y que fue la primera en comentar la agudeza:
--Eso que dices no significa nada. Continuamente están ocurriendo casualidades que no tienen ningún sentido...
--¡ Ahí te equivocas !--bramé--¡ Todo tiene un sentido, todo está ordenado en este universo !
--Pero existe el caos, el caos es necesario--decía su novio, Rafa, un recién llegado a la new-age, segurata de Prosegur, que le dio por leer a Jodorowsky.
--Sí, pero--volví a la carga--la vida nos presenta una enseñanza siempre, pero cuando la lección tiene un contenido trascendente el maestro no es la vida, es Dios...
--¡ Anda ya !--dijo la cordobesa--¡ Tú estás volao !
Volví a mirar a mi alrededor y eché un tragito de mi whisky en aquel piso ceutí de mis vecinos, pensé en que mi franqueza castellana tenía que detonar con la frivolidad andaluza, y, lo que era más importante, su desparpajo no implicaba una apertura a las ideas de extraños, pues aunque habíamos hecho sociedad Rafa y yo durante el periodo vacacional, a su novia y a Miguel acababa de conocerlos hacía diez minutos y ya pretendía que compartieran mi visión sobre lo superior.
--Por ejemplo--argumenté--, mis bisabuelos eran judíos y los de mi novia eran árabes...
--¡ Y ahora podéis entender por qué no sois ninguna de las dos cosas !--rió Rafa con mucha puntería.
--No...No quería decir eso...--me levanté a por hielos para dejar a mis amigos con la intriga un momento y volví a la cocina con las manos aún húmedas--eso ha sucedido porque yo soy racista...
Nada más confesarme racista se hizo un espeso silencio en el piso, alguien hizo una mueca como si yo pretendiera hacer mofa de algo y después sólo escuché el hielo derretirse en los vasos de plástico.
--¡ A mí también me han dado muchos palos los moros !--dijo la mujer--¡ Estuve saliendo con uno y era muy mala gente !
A los cinco minutos la conversación derivó al tema sexo, el único políticamente correcto en nuestra sociedad, parece ser que al final todos nos preocupamos por lo mismo, pero de nuevo volvimos al tema primigenio cuando a la cordobesa se le ocurrió encontrar analogías en la conducta de su hermano vesánico, un motero cocainómano que apuraba las rayas y las rectas, con el sentido del fatum clásico, celebré su ocurrencia y procuré adaptarla a mis teorías, pero ya llevaba encima muchos “mezcladillos” y la imaginación se disparaba ofuscando mi lucidez.
Decidí cambiar de tema:
--¿ Sabéis una cosa?--les comenté--: Mi hermana se burló de mí una vez diciendo que no me dejaba su CD de Jane Birkin...
--¿ Quién es Jane Birkin ?--preguntó Rafa.
--¿ Tú no has oído en la tele una canción que se llama Je t´aime moi non plus, una que dice...?
Gracias a los cielos la cordobesa se puso a tararear el tema ahorrándonos el sufrimiento de constatar la más que probable falta de oído del “cabrero” y la interrumpí para seguir hablando.
--Pues mi hermana me decía que el CD no me lo dejaba porque era una canción de fondo apropiada para juegos eróticos con un compañeroy que primero encontrase al “compañero”...
--¿Y entonces?--dijo una voz.
--Pues entonces lo que sucedió es que nunca escuché en privado Je t´aime moi non plus , pero ahora da la casualidad de que tengo una novia francesa clavadita a Jane Birkin...
--¡ Hoy va el rollo de casualidades!--se admiró la cordobesa--¿ Y si esa chica es la misma que dices que tiene bisabuelos árabes cómo es que sigues siendo racista, tú, que acabarás tus días viviendo con una extranjera?
Los chicos se rieron por lo bajinis, tomé mi tiempo para contestar.
--No lo sé, quizás sea algo genético. He viajado mucho, conozco la historia de España, sé que somos un crisol de cultura y todas esas peplas, pero creo que tengo un fuerte sentimiento instintivo de territorialidad--la cordobesa encendió un cigarrillo--, quizás busque esa chispa que me lleve a darme cuenta de que estoy equivocado...
Todos callaron respetuosamente como si estuvieran ante un agonizante que prorrumpe sus últimos estertores.
De repente se hizo la luz.
--Mírame a los ojos--dijo la chica.
--¿Qué?--pregunté confundido.
--¡Que me mires a los ojos! ¡Que acabo de darme cuenta de que tenías razón, que las cosas no ocurren porque sí, que es Dios quién habla...!
--Voy.
Me acerqué un poco a ella y entre la mortecina luz de la lamparilla y los rutilantes puntos del firmamento que se colaban por la terraza abierta, me fijé en la forma de sus ojos, en su brillo, en su textura, en su color...Estaba ante los ojos de una mirada árabe, no sólo ante su esencia y su expresión, tenía ante mí todo un imperio de orgulloso pasado, toda la fuerza y la belleza del desierto, toda su grandeza, toda su pasión.
Los árabes éramos nosotros.


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